Desde que la fotografía se popularizó, hacia 1840, los estudios fotográficos se pensaron como espacios elegantes, inspirados en un ideal femenino propio de la época. Aquella atmósfera, cuidadosamente construida, reflejaba los valores de una burguesía en ascenso que buscaba marcar las normas de comportamiento y de belleza.
Pero las protagonistas de estas imágenes, las «Retratadas», no se limitaron a seguir las reglas. Supieron hacer de esos escenarios rígidos un lugar de libertad, juego y experimentación, convirtiendo el acto de posar en una forma de expresión y, muchas veces, de resistencia.
A lo largo del tiempo, se han desatendido en gran medida las aspiraciones y la capacidad de decisión de estas mujeres, relegándolas a un papel secundario en la historia de la fotografía. Esta interpretación tradicional, que ha tendido a ensalzar la figura del fotógrafo y a reforzar la oposición entre un sujeto activo y una modelo pasiva, requiere ser revisada.
A través de estas imágenes, la exposición invita a descubrir cómo las mujeres del siglo XIX se relacionaron con la fotografía, no tanto como fotógrafas, sino como creadoras, coleccionistas y espectadoras. Esta relación activa con el nuevo medio fue decisiva en su desarrollo técnico, comercial y artístico, y permitió que contribuyeran a transformar las representaciones y los roles femeninos.

La exposición «Retratadas. Estudios de Mujeres», que puede visitarse hasta el 25 de enero en el Museo del Romanticismo de Madrid, propone un recorrido en torno al “cuarto-tocador”, un espacio íntimo presente en muchos estudios fotográficos del siglo XIX. Más que un simple decorado, era una habitación propia, una zona de transición entre lo privado y lo público donde las mujeres podían prepararse, transformarse y experimentar con su imagen antes de ser retratadas.
Los estudios más prestigiosos cuidaban especialmente estos espacios, como el de Alonso Martínez, que ofrecía un tocador elegante con cosméticos, vestidos y adornos. En otros se destacaban “cuartos decentes y separados” para las señoras que quisieran cambiar de traje.
El cuarto-tocador funcionaba como antesala del salón de pose, un lugar de transformación y juego con la identidad, donde la representación comenzaba mucho antes de la toma fotográfica. Más allá de su utilidad práctica, constituía un territorio simbólico de autonomía y creatividad femenina, permitiendo a las retratadas negociar su imagen y participar activamente en su representación.

Esta exposición se acompaña de un rico proyecto cultural que incluye desde visitas guiadas por parte del equipo de mediación a talleres sobre las cartas de visita fotográficas y una conferencia ofrecida por la comisaria de la exposición.
Recorriendo las diferentes secciones de la muestra, se resalta el estatus de las mujeres como retratadas frente a la imagen tradicional implantada por la historia de la fotografía que las dibujaba como simples modelos pasivos.
Porque el retrato fotográfico ofreció a las mujeres la posibilidad de decidir cómo querían ser vistas por la sociedad, proporcionándoles un grado de individualidad que no habían tenido hasta entonces.




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