El SIDA hizo estragos en España en los años 80 del siglo pasado y buena parte de los 90. Casi una generación completa se vio sumida en una enfermedad, entonces sin cura, que llegó, en buena parte, a través de la introducción de la heroína en el país y que estigmatizó a miles de personas. El ocultamiento, la desinformación y el tabú hicieron el resto.
En muchas familias la llegada del VIH se enterró debajo de la alfombra o en oscuras habitaciones. Ese fue el caso de la familia paterna de la cineasta catalana Carla Simón. Y en «Romería» viaja hacia ese pasado mediante la figura de Marina, interpretada por Llùcia Garcia. Recién cumplida la mayoría de edad, la joven viaja de Barcelona a Vigo para conocer a la familia de su padre biológico, que murió de SIDA, al igual que su madre, cuando ella era muy pequeña.
A través de los encuentros con sus tíos, tías y abuelos, la joven intenta reconstruir un relato de sus padres, pero todos sienten demasiada vergüenza hacia los conflictos de drogas de la pareja, algo que Marina les recuerda con su presencia.

La protagonista se encuentra así inmersa en un hambiente amable y hostil al mismo tiempo mientras intenta desentrañar la historia de sus progenitores gracias al diario de su madre. En esas rememoraciones, busca reconstruir en su mente el amor entre ellos cuando ambos vivieron en un piso con vistas al mar, rodeados de brisa gallega y con las ilusiones intactas antes de la llegada de la enfermedad.
Con su ya particular naturalismo, ese que hace que parezca que estamos viendo más un documental que una película de autoficción, Carla Simón vuelve a brillar en los espacios abiertos y en las escenas cotidianas, pero también en la tensión y en los silencios. Su poesía visual se desencadena sobre todo al final, cuando Marina imagina la historia de su padre y de su madre entre las rocas de la ría de Vigo, los sueños imposibles y los camarotes de un pequeño barco lleno de historia.
«Romería» es el cierre de la trilogía de la cineasta catalana sobre la memoria familiar, a la que anteceden «Verano 1993», donde recrea parte su infancia, y «Alcarràs», con la historia de una familia de melocotoneros en un aldea rural, que se ve amenazada por la llegada de la tecnología fotovoltaica.
Con su tercera película, la directora ha querido llenar de luz un relato oscuro de su pasado. No le hace falta mostrarnos la crudeza de la enfermedad para adentrarnos en el dolor, porque prefiere que nos asomemos a la esperanza, al descubrimiento y a la alegría. A través de Marina, saltamos un abismo generacional y hacemos justicia con todos aquellos cruelmente estigmatizados. Y con Marina, abrazamos ese mar de futuro que se abre ante ella.


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