Hay cien maneras de juzgar a Olive Kitteridge y puede que ninguna acierte con su enorme complejidad

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Fue un reto para la escritora y directora Lisa Cholodenko elegir cuatro de las trece historias que componen la novela «Olive Kitteridge», de Elizabeth Strout y Premio Pulitzer de Ficción en 2009, y convertirlas en una miniserie.

Pero lo hizo. En 2014 alumbró esta pequeña recopilación para la televisión eligiendo a la grandiosa Frances McDormand para encarnar a una maestra de Maine, estricta, malhablada, borde, algo mezquina, pero también honesta, bienintencionada y de una complejidad austera fuera de etiquetas.

La miniserie fue todo un reto. La propia McDormand, el todopoderoso Tom Hanks (fan acérrimo del libro), la guionista Jane Anderson y la propia directora se erigieron también como productores y productoras.

Y el resultado fueron cuatro horas que giran en torno a las múltiples realidades que vive su protagonista y a su manera de afrontarlas: desde la tensa relación con su amoroso marido y su traumatizado hijo, hasta sus hilos invisibles con un amante que nunca llegó a serlo.

Es muy diferente ver la serie sin haber leído el libro a hacerlo después de su lectura. La novela de Elizabeth Strout planea sobre todos los habitantes de Maine, principalmente sus pequeñas y desdichadas historias. En sus páginas, Olive Kitteridge a veces es la protagonista, pero otras veces es solo alguien que pasa por ahí, y en algunos pasajes ni siquiera aparece.

La miniserie, no obstante, se centra enteramente en ella. Es decir, comprime toda la esencia que de este personaje puede extraerse a través del libro. De esta forma asistimos a una (a otra) magistral clase de interpretación de Frances McDormand a través de varias décadas, donde la historia intenta desentrañar la complejidad de una personalidad llena de aristas y bondades.

La protagonista no es alguien excepcional. Le gusta su casa, su jardín con flores, soltar verdades como puños, eructa cuando le da la gana, es arisca y algo impertinente, pero también una mujer madura que sabe lo que quiere y que no cede ante la sensiblería.

Es inevitable juzgarla en muchas de sus escenas. Y se puede hacer de mil maneras diferentes, pero seguramente ninguna se acerca a su verdadera esencia, a lo que fueron sus sueños y aspiraciones, y al torrente de emociones que finalmente se desencadenan en ella cuando le vienen mal dadas.

Los actores Richard Jenkins, Peter Mullan y Bill Murray son los encargados de darle la réplica a la protagonista, en roles fundamentales para una historia que es enteramente femenina y atemporal. Porque «Olive Kitteridge», doce años después, sigue siendo una oda a la mujer sin roles. A la mujer entera. A la mujer rota. Y a la mujer que sobrevive.

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