Alauda Ruiz de Azúa pone a prueba una fe tan irracional como tenaz en «Los domingos»

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Ainara disfruta con sus amigos, mira de reojo al chico del coro que le gusta y participa en las burlas dirigidas a las monjas del instituto en el que estudia. Ainara es adolescente, algo tímida, y ha tomado una decisión: hacerse monja de clausura.

La noticia cae como una bomba en su familia. Huérfana de madre, la joven tiene en su tía Maite un referente maternal, pero en ella encuentra una resistencia atea, firme y decidida: Ainara no debe tomar esa decisión sin antes ir a la universidad, conocer a más gente, vivir la vida.

Algo similar piensa su padre, pero no es capaz de transmitirle los sentimientos que le provoca la decisión de su hija, ahogado por las deudas y las cargas familiares.

Este es el contexto en el que Alauda Ruiz de Azúa desarrolla la trama de «Los domingos» una de las grandes películas españolas del año, ganadora de la última Concha de Oro, y con 13 nominaciones a los Premios Goya, entre las que destacan las de sus principales intérpretes. Principalmente la adolescente, una contenida Blanca Soroa, y su tía, la gran Patricia López Arnaiz.

No hay nada espectacular en la película, salvo en la apabullante explosión emocional del final. Transcurre por el ciclo vital de Ainara desde que anuncia su decisión y por los vericuetos sentimentales de una familia que no sabe cómo actuar. Todos la quieren. Todos hacen lo que pueden.

La cineasta y guionista de la película teje con delicadeza esa carga sentimental de la película, sin dejarse en el tapiz ninguna prueba de fuego, o al menos aquella que deja claro que una decisión así, en la adolescencia es tan irracional como tenaz.

Son sus interpretaciones, especialmente las femeninas, lo que hace que «Los domingos» brille con especial intensidad. Como ya hiciera en la fabulosa «Cinco lobitos» y en la magnífica serie «Querer», la directora vasca se deja el alma en cada frase, en cada plano, para mostrar las aristas de una convicción tambaleante y difusa.

Pero ante todo, desgrana una cuestión de fe que, puesta a prueba, no deja clara su intepretación, pero sí que la juventud es un periodo esencial de conocimiento que los referentes familiares pueden aupar y truncar al mismo tiempo. Ainara solo es el símbolo de una rebelión. A su manera. Con sus faltas y aciertos. La gran pregunta queda en el aire: ¿es realmente libre?

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