
Mary Roy tuvo a sus dos hijos casi sin desearlo cuando se encargaba con su marido alcohólico de una plantación de té en la India. Después, se divorció, se mudó con los dos niños y fundó su propia escuela. Una institución de enseñanza alternativa que supuso una revolución en el estado de Kerala y que forjó con puño de acero, pese un asma lacerante que apenas la dejaba vivir.
Ese mismo puño lo aplicó siempre con sus hijos, incluida la pequeña Arundhati. Dese muy niña sufrió los ataques de ira y agresiones de su madre, compaginados con una sobreprotección y dependencia emocional que se convirtieron en una turbulenta relación hasta la muerte de la matriarca.
Arundhati Roy esperó a este fallecimiento para escribir su primera novela de no ficción. Tras «El dios de las pequeñas cosas» que la hizo célebre a nivel mundial, y «El ministerio de la felicidad suprema», ambos con referencias implícitas a su vida, «Mi refugio y mi tormenta» son las memorias dedicadas a su madre, pero también narran el proceso de transformación de la autora, desde que huyó de su asfixiante y tóxico yugo materno para estudiar arquitectura y llevar una vida casi vagabunda, hasta encontrar en el cine, en los libros, en el activismo por los derechos humanos y en los paisajes de la India su auténtico aprendizaje.
Elige una narración llena de detalles, de ternura, de comprensión y de profunda admiración a todas las personas que la han rodeado en su vida. Se convierte en un visor de amplia panorámica que, en torno al eje central de su madre, despliega las vivencias que la llevaron a convertirse en una afamada escritora al tiempo que luchaba por los derechos civiles.

La secular plaga de las castas sociales indias, los conflictos religiosos, los vaivenes políticos, los continuos escuadrones de la muerte, la situación de Cachemira, pero sobre todo, la naturaleza indómita de su país acompañan a la escritora conforme avanza hasta la actualidad.
La sensibilidad de la escritora recuerda en muchos momentos sus dos anteriores novelas, las cuales nombra y referencia con el mismo cariño y pasión con las que las creó. De hecho, explica muchas de las claves de ese realismo mágico que la hizo célebre.
Pero, sobre todo, es su madre la que conforma el grueso de su proceso vital. Incluso en la distancia y la ausencia, ella está presente en cada decisión, en cada paso. Como refugio cuando la autora menos se lo espera, y como tormenta a cada paso, algo que siempre espera. Y siempre, siempre, como luchadora implacable por la igualdad de derechos, pese al desapego y autoritarismo con sus propios hijos.
«Me fui para seguir queriéndola», repite Arundhati Roy varias veces en el libro. No se puede resumir mejor la relación que tuvo con su progenitora. Por eso el regreso de esta gran pensadora y escritora es tan importante. Porque por primera vez nos abre realmente su corazón, un corazón feminista y compasivo en un país imposible. Y un respiro para su alma, ya siempre ligada a quien le dio la vida, pese a todo.



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