Hind Rajab o la voz de una niña aterrorizada para despertar a toda la humanidad

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Cuando se proyectó «La voz de Hind» en la última edición del Festival de Venecia, todos los asistentes se quedaron devastados. En silencio. Poco después recibió casi 20 minutos de ovación y se alzó con el León de Plata. Su camino posterior ha sido arrollador. Y aunque no consiguió hacerse con el Premio Oscar a la Mejor Película Internacional, lo merecía por encima de todas las demás.

Es cine con mayúsculas, pero también un grito desgarrador sobre una situación, la de Gaza y el genocidio del pueblo palestino. «No Other Land» abrió ese camino primero, pero «La voz de Hind» es algo más que una película, algo más que un documental, algo más que una historia. Un «venid a salvadme» repleto de todas las víctimas de las guerras.

Dirigida por la cineasta y documentalista tunecina Kaouther Ben Henia, y con una producción ejecutiva coral en la que participaron Spike Lee, Brad Pitt y Joaquin Phoenix, entre otros muchos, cuenta la historia real de Hind Rajab, una niña plaestina de cinco años que murió asesinada por disparos del Ejército israelí en enero 2024, durante la invasión de la franja de Gaza.

​Para su rodaje se utilizó la voz original de Hind, obtenida a partir de una llamada telefónica que realizó a la Media Luna Roja durante 70 minutos. Las escenas ficticias transcurren casi exclusivamente en un solo lugar, el centro de operaciones recreado de esta organización internacional.

No hay representaciones explícitas de violencia, sino que se transmite exclusivamente a través de las grabaciones y las representaciones de los actores y actrices que encarnan a los activistas que intentaron ayudarla desde el mando de operaciones. Solo vemos sus rostros, su desesperación, sus intentos por saltarse las numerosas trabas para que una ambulancia pudiera abrirse paso entre los bombardeos.

​Gracias al pulso de la cineasta, entre los planos de esas paredes acristaladas de la Media Luna Roja, descubrimos también ese enorme laberinto sin fin que debe recorrer la ayuda humanitaria en territorios hostiles donde no hay un ápice de humanidad, la acción de los cooperantes internacionales entre los escombros y el derrumbe de toda una operación. De una esperanza. De una luz que se apaga en la oscuridad.

Hind Rajab era solo una niña. Una entre los 64.000 que Unicef estima que han muerto en los casi dos años y medio de genocicio. Y aunque haya servido para despertar aún más si cabe las conciencias de mucha gente, sabemos que poco o nada ha cambiado.

Pero es necesario seguir haciendo este tipo de cine. Aunque nos desgarre por dentro. No es posible mirar hacia otro lado. Hay que escuchar a Hind y sentir sus heridas como nuestras. Que no nos despojen de esa parte nuestra que clama por la paz. Y que viene además de las mujeres. Las que casi nunca han guerreado ni masacrado pueblos enteros.

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