
¿Y si la novia de «Bodas de sangre», la trágica «Yerma» y la matriarca de «La casa de Bernada Alba» fueran una sola mujer? En su juventud, en su madurez y su vejez. Ese es el imaginario con el que el historiador y escritor Salva Rubio compone el guion del cómic «Lorquiana», acompañado de los maravillosos trazos de la dibujante María Badía.
En el año en que se cumplen 90 años del fusilamiento del gran escritor granadino, por parte del bando sublevado al inicio de la Guerra Civil, entre los numerosos homenajes a su memoria y su legado, se encuentra esta novela gráfica. Plantea qué ocurriría si las tres grandes tragedias teatrales del autor estuviesen protagonizadas por un mismo personaje femenino a lo largo de su vida. Una mujer llamada Lorquiana.
Para componer esta arriesgada historia, el guionista y la dibujante recurren simplemente a hilvanar las tres obras con tres transiciones ficticias, pero, al margen de ello, mantienen los diálogos originales seleccionados, adaptándolos al ritmo visual de la historieta. Los acompañan de multitud de símbolos como el agua, la honra y la opresión patriarcal.
De esta forma, «Lorquiana» es una atrevida fabulación que va más allá de su argumento. Conforma un universo visual complementario y casi onírico para aquellas personas que ya conocen previamente las tres obras. Una exploración de los personajes femeninos, de sus deseos reprimidos y pasiones.

Según ha explicado la propia María Badía, el dibujo de esta novela gráfica se apoya en una profunda investigación histórica que realizó de la mano Salva Rubio. Se basó en fotografías antiguas de su propia familia en el campo andaluz para diseñar los rostros, la ropa de los años 30, las herramientas y la arquitectura de las casas de la época.
De la misma forma aparecen los escenarios opresivos, transmitiendo visualmente el encierro físico y mental que sufren las mujeres bajo el peso de la tradición, el patriarcado y el «qué dirán».
El color evoluciona igualmente conforme lo hace historia: desde los ocres y amarillos cálidos de la juventud de Lorquiana en «Bodas de sangre»; hasta los grises y tonos fríos de su madurez en «Yerma»; y los blancos y negros casi absolutos que ahogan con un luto riguroso en su vejez, en «La casa de Bernarda Alba».
El resultado es desconcertante, eso sí, pero ayuda a comprender y reimaginar los tres dramas rurales más conocidos del gran autor andaluz. Y asimismo, a profundizar en esos personajes femeninos del mundo rural que tan bien supo reflejar y que convirtió en mujeres eternas. Fusionadas en una sola lucha contra los roles y por la igualdad.



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