Rue, Jules, Cassie… y otras chicas de una «Euphoria» colectiva de incomprensible final

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Jules y Rue

Cuando en 2019 se estrenó «Euphoria», la acogida fue espectacular. No era otro drama adolescente sin más. Desde el primer capítulo, ese arranque a lo bestia con la voz en off de Zendaya en el papel de Rue, ya sabíamos que lo que venía no era apto para todos los públicos.

La joven Rue fue desde el principio la pieza angular de toda la serie. Esa adolescente drogadicta, que acababa de perder a su padre, y que se las ingeniaba como podía para salir de rehabilitación para conseguir todo tipo de estupefacientes como fuera y caer en una sobredosis tras otra, estaba rodeada de un compendio de personajes, la mayoría chicas (sus compañeras de instituto) cuyas vidas también comenzaron a importar.

Mediante las narraciones de Zendaya se desplegó ese abanico: primero el de Jules (Hunter Schafer), un chica trans magnética, traumatizada, tierna y adorable con la que la protagonista inicia una relación entre platónica y tóxica; y despues los de Maddy (Alexa Demie), Cassie (Sidney Sweeney, disparada con esta serie hasta el estrellato), Lexi (Maude Apatow) y Kat (Barbie Ferreira).

Entre todas ellas tejen un complejo hilo de historias entrecruzadas donde las drogas, el sexo explícito, la prostitución, la identidad de género, la orientación afectivo-sexual, los malos tratos, las violencias machistas, las agresiones sexuales, el trauma, las redes sociales, el amor y el amistad navegan en todas direcciones. Sin concesiones. Todo muy punki y muy llevado al extremo.

Cassie, Maddy y Kat

Pero debajo de todo ello rezumaba el humor negro de la serie. Tan negro que podías estar méandote de risa por un cuelgue de fentanilo o por una muerte horrible. Y al mismo tiempo, una pena infinita por todas ellas. Desamparadas, desatadas, desesperadas. Y con tan solo ciertos respiros de ayuda, de sororidad, muy poca, entre ellas.

«Euphoria» fue así en sus dos primeras temporadas una ruptura de moldes. Un catálogo de todo lo que es políticamente incorrecto. Su creador, director y guionista, Sam Levinson, adaptó en un principio una serie israelí de gran éxito, pero prontó el timón tomó su propio rumbo para llevar el barco a oleajes imposibles.

Su maestría en la dirección, dando saltos temporales, haciendo alegorías visuales psicotrópicas relacionadas principalmente con el sexo y las drogas, convirtieron a esta serie en única. Sin saber por qué, a medio planeta le interesaba saber cómo podía terminar una historia con tramas tran truculentas. Incluso artificiosas.

Pero el caso es que siempre interesaba seguir. Incluso con sus odiosos personajes masculinos encabezados por Nate (Jacob Elordi) y Carl (Eric Dane), buscábamos alguna especie de redención para nuestras chicas. Para todos sus errores. Y principalmente para Rue.

Carl y Nate

Lo que no esperábamos es que la tercera y última temporada acabara con todo eso. Que Levinson decidiera ponerse en plan Tarantino y meter a sus protagonistas en una trama de porno, clubes de strip-tease, prostitución y tráfico de drogas que, pese a las estelares apariciones de Rosalía y Sharon Stone, destruyera todo lo anterior, los hilos ya construidos.

Por el camino se quedaron, tristemente, los personajes del mencionado Carl (Eric Dane falleció por esclerosis) y del entrañable dealer Fez (Angus Cloud murió presuntamente por una sobredosis accidental). Jacob Elordi sigue capitaneando en la última temporada el bando masculino, con su merecido final, y para compensar, nos presentan a Álamo (Adewale Akinnnuoye-Agbaje), un nuevo villano que desde el principio da tanto asco como quiere.

Hasta ahí, bien. Pero la trama final desdibuja a todas las chicas. Nuestra querida Jules apena si aparece. Rue, pese a que sigue narrando en off y continua tan hilarante como desastrosa, naufraga entre tanto despropopósito. Kat desaparece sin explicaciones. Lexi, que consigue uno de los mejores episodios de la serie (la representación teatral de «Nuestra vida» en el instituto al final de la segunda temporada) no aporta nada. Cassie es una montaña rusa emocional que termina por agobiar hasta el infinito. Y la deriva de Maddy, sin mover un músculo de la cara en toda la temporada, es incomprensible.

Rosalía y Zendaya

Por un momento, pensamos que el rescate del personaje de Ali (Colman Domingo en el papel del ‘padrino’ desintoxicador de Rue) podría ser un revulsivo, pero ni siquiera eso consigue salvar un delirante final algo previsible y sin pies ni cabeza. Una redención absurda que acaba con el sentido del humor que la hizo grande. Una «Euphoria» colectiva truncada por un sentimentalismo religioso que no viene a cuento.

Nuestras chicas se quedan así en tierra de nadie. Echamos de menos la fortaleza de su adolescencia repleta de fangos emocionales. Tampoco es que quisiéramos que el paso a la vida adulta fuera un camino de rosas, pero sus castigos ni siquiera hacen gracia. Y además, lo hacen separadas, inertes, despojadas de personalidad.

Todo tan incomprensible como frustante. Pero nos quedamos con este grupo de mujeres tal y como las quisimos en un principio. Cuando despertaban a la vida y se empoderaban a lo gamberro. Se empoderaban mal, pero lo intentaban. Volaban y se estrellaban. Cuando eran libres, poderosas y eternas.

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