
En la última edición de los Premios Oscar, una de las grandes sorpresas fue la nominación de Rose Byrne como mejor actriz protagonista por su soberbia interpretación en «Si pudiera, te daría una patada».
La película, la segunda de la cineasta y también actriz Mary Bronstein, ya tenía un sonoro recorrido por numerosos festivales, pero era su protagonista la que más exitos había sembrado en la Berlinale, los Premios BAFTA y los Globos de Oro en su encarnación de una madre cuyo mundo se desmorona.
Mientras intenta atender a sus pacientes como psicóloga, la protagonista también debe hacer frente a la crianza de una hija con una compleja enfermedad y un padre prácticamente ausente. La situación empeora cuando se derrumba parte del techo de su casa y madre e hija deben mudarse a un hotel.
El guion, que también firma Mary Bronstein, rezuma dramatismo a borbotones pero decide imprimirle algunos retazos de humor negro que le sientan bien a la historia. Dan un respiro dentro de la espiral de destrucción en la que se zambulle la protagonista.

Es ahí donde Rose Byrne, a la que vimos brillar con intensidad en «Insidious» o «Troya», se echa encima toda la película. Y no es una exageración. No hay prácticamente ningún plano en el que no salga, y la cámara se pega a ella, a sus gestos, a su búsqueda de soluciones desesperadas, como si prácticamente fuera parte de su cuerpo.
A esta sensación contribuye que el resto de personajes prácticamente sean un atrezzo. El rostro de su hija tan solo aparece al final, al igual que el padre, un sorprendente Christian Slater que se pasa todo el metraje hablando con su mujer por teléfono sin aportar mucho a su situación.
Esa dirección consigue que la patada de la que habla su título finalmente sea la que recibe el espectador. El ritmo por momentos se vuelve asfixiante y nos hace temer lo previsible: que esta madre no se permite ser imperfecta, ser mala, que está muy sola, y que nada bueno puede salir de ahí.
La película cuenta también con algunos elementos surrealistas, casi mágicos, tanto en sus planos como en sus diálogos, que, sin embargo, nos hacen conocer mejor las pesadillas y miedos que aterran a esta heroína moderna.
Ahí queda su relación con un camello reconvertido en niñero improvisado, una paciente que decide abandonar a su bebé o un techo derrumbado que esconde un agujero negro, cósmico, repleto de fantamas.
Son elementos que no consiguen una película perfecta, pero sí un tratado muy lúcido sobre el rol autoimpuesto de la mujer todopoderosa. La que arrambla con todo cuando la energía se acaba mucho antes que el día.
Y resulta realista y necesario dejar claro que no, que a veces no se puede, que el empoderamiento femenino no consiste en eso y que muchas veces hace falta ayuda. Cuidar a la que cuida. Dejar que nos dé una patada, pero después prestarle atención y ver qué le pasa. Por si echar una mano la salva de la hecatombe.



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