Eva Cosculluela rescata en «El club de las modernas» a las mujeres que hace un siglo abrieron otra puerta al feminismo

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Hace un siglo que un grupo de mujeres hizo lo impensable entonces en España: un club feminista. No se definía así. En 1926 lo que era o dejaba de ser el feminismo tenía los trazos muy débiles y esa etiqueta, en plena dictadura de Miguel Primo de Rivera, no era la mejor carta de presentación. Hablar de igualdad entre hombres y mujeres era lo más parecido a la peste.

Pero surgió, poco a poco, un colectivo de objetivos muy concretos que pudo emerger debido a que al dictador, aunque autoritario, le gustaba el mundillo intelectual, literario, artístico.

Así, vinculado a la ya existente Residencia de Señoritas, nació el Lyceum Club Femenino, de la mano, principalmente de la pedagoga María de Maeztu (que sería su primera presidenta), de las abogadas y políticas Victoria Kent y Clara Campoamor, de la escritora y traductora Zenobia Camprubí, y de las escritoras María Lejárraga e Isabel Oyarzábal.

Zenobia Camprubí

Fueron después muchas más las que consiguieron poner en marcha una asociación para tejer redes culturales, impulsar el talento de las mujeres en todas las artes, ayudar a la crianza, organizar conferencias que dieron a conocer el trabajo de muchas de ellas, y sobre todo, estar unidas y hacerse fuertes.

No fue fácil. Hubo trabas, hubo prejuicios sociales, hubo auténticos manifiestos públicos de hombres (y mujeres) que no entendían su propósito. Hubo desaforados artículos periodísticos argumentando que las mujeres tenían poco o nada que aportar a la cultura. Su lugar estaba en el hogar, con sus esposos e hijos.

Pero lo consiguieron. Y esa es la historia que Eva Cosculluela, periodista cultural, crítica literaria, traductora y librera española, rescata en «El club de las modernas». Lo hace mediante un minucioso recorrido investigador por la historia de una institución que luchó contra los estereotipos, que hizo su propia revolución y que contribuyó enormemente a las nuevas olas feministas.

La autora construye un deslumbrante crisol de personalidades y nos descubre las vidas de aquellas decenas de mujeres, unas más conservadoras, otras más progresistas, jóvenes y mayores, que consiguieron hacerlo posible.

A las mencionadas impulsoras, más conocidas, se unen los nombres de las poetas y escritoras Ernestina de Champourcin, Concha Méndez, Elena Fortún y Carmen Baroja. Y también otros como la gran pintora vanguardista Maruja Mallo o la deslumbrante escenógrafa Victorina Durán.

Hay muchos más nombres. Muchísimos. Y todas ellas impulsaron el Lyceum cuando nacía la (principalmente masculina) Generación del 27. Había importantes vínculos entre el Lyceum y este movimiento. Muchos de sus integrantes como Lorca o Alberti, acudieron allí para dejar su huella. De hecho, la de Alberti es probablemente una de las anécdotas más divertidas del libro.

Ernestina de Champourcin y Concha Méndez

Mientras esa generación de hombres brillaba, estas mujeres, algunas hermanas o esposas de ellos, además de sus actos culturales, cuenta Cosculluela, llevaron a cabo iniciativas como La Casa de los Niños, que ofrecía atención y cuidados a los hijos e hijas de madres trabajadoras durante su jornada laboral, o el Comité del Libro para el Ciego.

Son solo dos ejemplos. En «El club de las modernas», su autora se detiene en otros muchos proyectos, pero sobre todo, pone el foco en ellas, en las que trabajaron sin descanso para mantener ese sueño. Surgen así otros nombres rescatados del olvido como los de Amalia Galárraga, Eulalia Vicenti, Margarita Nelken, María Martos Arregui, Nieves González o Rosario Lacy.

Una lista interminable que, como contamos recientemente, ahora está expuesta en el Ministerio de Cultura con motivo del centenario de su fundación. Pero es en el libro donde sus vidas, logros y frustraciones adquieran la dimensión que merecen.

Exposición el Ministerio de Cultura

El Lyceum Club Femenino sobrevivió una década, hasta 1936. Abrió sus brazos a la Segunda República pese a que en sus inicios, la presidenta de honor era la reina Victoria Eugenia. Sus integrantes vivieron los azarosos vaivenes de ese periodo, pero la asociación de disolvió con el golpe de Estado de Franco, la Guerra Civil y la posterior dictadura.

Ahora conocer su legado es imprescindible. Cosculluela navega con cariño y admiración por las vidas de estas asombrosas mujeres. Es aguda, crítica y analítica con ellas, sí, pero sobre todo impera su admiración, su cariño.

Viene a demostrar que la historia reciente todavía deja sorpresas. Dejarse, por tanto, asombrar por estas «modernas» no deja de ser una asignatura pendiente. Tan obligatoria, ahora que también se acerca su centenario, como conocer a la Generación del 27.

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