
Aguilar regresa un domingo de un viaje de varios días. Al llegar, un mensaje en el contestador telefónico le comunica que su mujer, Agustina, está en la habitación de un hotel, en estado catatónico, y que debe ir a buscarla. Al recogerla, ve que su locura es absoluta. Apenas si le reconoce, y al llevarla a casa, comienza a embarcarse en labores sin sentido, con tan solo pequeños asomos de lucidez.
¿Qué ha pasado? Es la entrada al laberinto que propone la escritora colombiana Laura Restrepo en su obra maestra, «Delirio», la novela que consolidó su carrera literaria internacional al ganar en 2004 el prestigioso Premio Alfaguara de Novela.
Y es, efectivamente, inigualable. Desde la primera línea, nos damos cuenta de nada será fácil, de que estamos entrando en arenas movedizas, tanto en el fondo como en la forma. A cuatro voces, la narración salta continuamente del estilo directo al indirecto, sin pausa, ni apenas signos de puntuación que ayuden a buscar la salida.
Cambian los narradores, cambian las voces, y solo con una atención libre de etiquetas, podemos adentrarnos en la historia de tres generaciones de una familia, la de Agustina, atenazada por los traumas, los prejuicios, las traiciones y la muerte.
Las emociones cambian conforme lo hacen los narradores de «Delirio». Cuando habla Aguilar, todo es impotencia y desconocimiento, un naufragio donde la única tabla de salvación es el amor incondicional por su loca mujer. Solo su investigación desesperada le ayudará a que las sombras se difuminen.

Cuando habla Midas McAlister, el examante de Agustina y con quien pasa los últimos días antes de su brote de locura, se teje el hilo imprescindible para entender el desmoronamiento mental de la protagonista. Este personaje es quizás el eje central de toda la novela, por sus vínculos con el poder, la amoralidad y el narcoterrorismo, y con el crimen que es el detonante de la historia.
Cuando habla la propia Agustina, se retrotae a su infancia, a la protección infinita que le dio a su hermano maltratado, el Bichi, dentro de una familia adinerada y conservadora, llena de secretos que terminan estallando por todas partes.
Y cuando habla Nicolas Portulinus, el abuelo alemán de Agustina, conocemos el origen del mal, los últimos días de quien amó de más, se entregó a su pasión por la música con una dedicación irracional y condicionó las vidas de todos sus descendientes.
La carta en la manga de Laura Restrepo asoma cuando confluyen estas cuatro voces en la última parte de la novela. Se estrellan al final del laberinto, justo cuando estamos llegando a la salida. Y lo más deslumbrante: todo adquiere un sentido, una explicación ahogada para quienes hayan sabido respirar en las profundidades de su delirante narrativa.
«Delirio» bebe de las mejores fuentes de la literatura hispanoamericana, de las mágicas mujeres de Isabel Allende, pero también de las caóticas prosas de Brenda Navarro, Alfredo Bryce Echenique, Gabriel García Márquez y, cruzando el charco, del gran José Saramago. Demuestra cómo la literatura puede arrastrarte por el fango y luego limpiarte hasta el último poro de la piel. Agustina es una heroína loca, el último resquicio de un mundo derrumbado. Y en su locura encuentra el sostén, la guía, el amor para salvarse.



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