Hace 125 años nació en Paniza (Zaragoza) María Moliner, la mejor biblioteca, archivera, lexicógrafa y filóloga de España. Su gran obra fue el «Diccionario de uso del español» conocido básicamente por el nombre de ella y fraguado durante décadas casi hasta el final de sus días.
María también fue, durante los 81 años que vivió, una investigadora entusiasta, una feminista como solo se podía ser feminista en la España de la dictadura de Franco y una mujer empoderada que nunca llegó a ser reconocida como tal, salvo después de su fallecimiento, como el homenaje reciente de la Biblioteca Nacional de España (BNE). La Real Academia Española (RAE) nunca llegó a admitirla como uno de sus miembros.
Pero recientemente llegó el poeta, aforista, bloguero y escritor hispano-argentino Andrés Neuman a brindarle el mejor homenaje posible. La novela «Hasta que empieza a a brillar» es una historia ficcionada sobre la vida y obra de María Moliner. Hay pasajes basados en épocas, retazos y esbozos de su ajetreada y viajera vida, pero también otros simulados, inventados (o no tanto) tomando como base los testimonios de su familia.

Tras este inmenso y maravilloso trabajo, Neuman no ha dudado en resaltar en cada una de sus entrevistas que María Moliner «ha sido la lexicógrafa más destacada de la historia de la humanidad».
María, de pequeña, miraba las palabras en los libros «hasta que empezaban a brillar». El título de la obra de Neuman bebe de esa frase pero con un doble sentido, porque a esta filóloga también le costó años darse a conocer, desde que recorría los pueblos para montar bibliotecas hasta sus últimos años, cuando seguía obsesionada con su diccionario.
Hoy le rendimos homenaje con este extracto del libro. Cuenta el momento en el que la editorial Gredos dilucida sobre la publicación de su diccionario:
«El Consejo de Gredos siguió deliberando durante meses, siglos. El informe presentado por Dámaso (Alonso) y García Yebra (quien contra todo pronóstico, celebró el tono crítico del material) alcanzó una extensión ilegible. La decisión no llegaba nunca. Para pasmo de María, al final le ofrecieron un contrato y un anticipo estimable. ¿Era un caso de audacia? ¿O aquellos señores se olían un negocio que ni ella misma veía claro?
María se encargó personalmente de la negociación, eludiendo cualquier ayuda de su esposo o de su hijo. No tenía nada que perder. Exigió a la editorial mejores condiciones.
– Disculpe, eso es imposible.
– Mi diccionario también.»




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